El valor del juicio profesional en la auditoría
Por: Alejandro López
Hay momentos en una auditoría en los que, sobre el papel, todo parece estar bien. El balance cuadra, las conciliaciones no presentan diferencias relevantes, los auxiliares enlazan con contabilidad y las explicaciones recibidas resultan, al menos a primera vista, razonables. Y, sin embargo, algo no termina de encajar.
Ese “algo” es difícil de definir porque no siempre aparece en una celda de Excel ni viene acompañado de una alerta. A veces es un saldo que lleva demasiado tiempo sin moverse. O una operación que, aun siendo correcta en importe, parece poco habitual para la actividad de la empresa. O una estimación que se apoya en hipótesis técnicamente posibles, pero demasiado favorables. En otras ocasiones es simplemente una respuesta que contesta a la pregunta formulada, aunque no a la que realmente importa.
Ahí empieza una de las partes más interesantes de la auditoría. No cuando encontramos una diferencia, sino cuando tenemos que decidir si merece la pena seguir preguntando.
Auditar no es comprobar que dos números son iguales
Durante años, una parte importante del trabajo de auditoría ha estado asociada a la comprobación: revisar facturas, recalcular amortizaciones, conciliar saldos, seleccionar muestras o verificar cobros y pagos posteriores. Todas esas pruebas siguen siendo necesarias. El problema aparece cuando confundimos el procedimiento con el objetivo.
El objetivo no es demostrar que una suma está bien hecha. Es obtener evidencia suficiente para concluir si la información financiera refleja razonablemente la realidad económica de la entidad. Y esa diferencia, que puede parecer pequeña, cambia por completo la forma de trabajar.
Una factura puede existir y estar correctamente contabilizada, pero corresponder a un servicio que nunca se prestó. Un cliente puede confirmar un saldo y, aun así, existir dudas sobre su recuperabilidad. Un contrato puede estar firmado por todas las partes y esconder una condición que modifique el tratamiento contable de la operación. Incluso una estimación puede estar perfectamente documentada y seguir siendo poco razonable.
Por eso el auditor no puede limitarse a preguntar “¿cuadra?”. Tiene que preguntarse también “¿por qué?”, “¿con qué evidencia?” y, sobre todo, “¿tiene sentido?”
La tecnología encuentra excepciones; el auditor decide cuáles importan
La profesión está cambiando a gran velocidad. Hoy es posible analizar poblaciones completas que hace unos años habrían requerido horas de trabajo manual. Podemos cruzar diarios contables, localizar movimientos inusuales, identificar duplicidades, buscar asientos realizados en fechas atípicas o detectar patrones que merecen atención. La inteligencia artificial añade una capa más: resumir documentación, relacionar información, localizar cláusulas o ayudar a ordenar grandes volúmenes de datos es cada vez más sencillo.
Todo ello tiene un enorme valor. Pero también introduce una tentación: pensar que, cuantos más datos analizamos, menos juicio necesitamos.
Probablemente ocurra justo lo contrario.
Una herramienta puede indicarnos que una operación es estadísticamente anómala. No sabe necesariamente si es anómala porque existe un error, porque responde a una operación excepcional perfectamente justificada o porque el propio negocio ha cambiado. Puede señalar un asiento contabilizado el 31 de diciembre, pero corresponde al auditor entender si se trata de un ajuste normal de cierre o de algo que merece una revisión adicional.
Cuanto más capaces sean las herramientas de decirnos dónde mirar, más importante será saber qué hacer cuando miramos allí.
El escepticismo profesional no consiste en desconfiar de todo
A veces se interpreta el escepticismo profesional como una especie de sospecha permanente. No debería ser así. Auditar no significa asumir que la dirección está equivocada hasta que demuestre lo contrario. Significa no aceptar una explicación únicamente porque sea posible o porque siempre se haya hecho de esa manera.
Hay una diferencia importante entre desconfiar y contrastar. El buen auditor escucha una explicación, la entiende, la compara con la evidencia disponible y se plantea qué tendría que ser cierto para que esa explicación fuese razonable. Si esas piezas encajan, probablemente pueda seguir adelante. Si no lo hacen, formula una pregunta más.
Esa segunda pregunta tiene mucho valor. En ocasiones confirma que no existía ningún problema. En otras, permite descubrir un error que no habría aparecido aplicando mecánicamente el programa de trabajo. Pero incluso cuando no conduce a un ajuste, obliga a comprender mejor el negocio, y comprender el negocio es una de las mejores formas de auditarlo.
El riesgo de una auditoría demasiado cómoda
Existe otro peligro menos visible: acostumbrarse. Cuando se audita una entidad durante varios ejercicios, es fácil que determinadas explicaciones se conviertan en parte del paisaje. «Este saldo siempre ha estado ahí». «Esta cuenta se utiliza así desde hace años». «Este cálculo lo prepara siempre la misma persona». Son frases comprensibles, pero ninguna de ellas constituye evidencia por sí misma.
La experiencia ayuda porque permite conocer mejor a la entidad, identificar sus procesos y reconocer rápidamente lo que es habitual. Pero esa misma familiaridad puede hacer que dejemos de prestar atención a cuestiones que habríamos analizado con mucho más detalle si las viéramos por primera vez.
Quizá por eso una de las preguntas más útiles en auditoría sea también una de las más sencillas: si hoy viera esta operación por primera vez, ¿me parecería normal?
Una profesión cada vez menos mecánica
Es razonable pensar que muchas tareas repetitivas seguirán automatizándose. Algunas desaparecerán; otras requerirán mucho menos tiempo. Eso no reduce necesariamente el papel
del auditor. Puede permitir que dedique más atención precisamente a aquello que resulta más difícil de automatizar: entender el contexto, valorar explicaciones contradictorias, identificar incentivos, cuestionar estimaciones y comunicar conclusiones que no siempre son blancas o negras.
En ese escenario, el conocimiento técnico seguirá siendo imprescindible, pero no suficiente. Saber contabilidad, auditoría o fiscalidad permite reconocer el problema. El juicio profesional permite decidir qué importancia tiene, qué evidencia necesitamos y cuándo podemos considerar razonable una conclusión.
También será cada vez más importante saber comunicar ese juicio. Una conclusión técnicamente impecable pierde gran parte de su valor si no somos capaces de explicar por qué una cuestión importa, qué riesgo existe y qué debería hacer la empresa al respecto. La auditoría no termina cuando encontramos algo; termina cuando somos capaces de convertir lo encontrado en una conclusión comprensible y útil.
Seguir preguntando
En una profesión rodeada de normas, procedimientos, modelos y ahora también algoritmos, puede resultar paradójico que una de las herramientas más valiosas siga siendo una pregunta bien formulada.
La tecnología hará que encontremos más excepciones y que lleguemos antes a ellas. Nos permitirá revisar mejor y dedicar menos tiempo a comprobaciones que aportan poco valor. Pero difícilmente decidirá por nosotros cuándo una explicación es suficiente, cuándo una estimación resulta razonable o cuándo una operación aparentemente normal merece ser entendida un poco mejor.
Tal vez ahí esté una parte esencial del futuro de la auditoría. No en competir con las herramientas para calcular más rápido, sino en utilizarlas para llegar antes al lugar en el que comienza nuestro verdadero trabajo.
Porque, al final, cualquiera puede comprobar que dos números coinciden. El valor del auditor aparece cuando coinciden y, aun así, decide preguntar por qué.
